LOS DE CHICAGO FUERON LUCHADORES, NO MÁRTIRES. LAS DE AHORA SI.

Pasado éste primero de Mayo, porque todos los días son primeros de Mayo, queremos seguir recordando a todas las personas trabajadoras que se enfrentaron y se enfrentan al poder, como los obreros de Chicago que lucharon por las ocho horas de trabajo y cuya entrega se conmemora. Pero ahora, en éste encarcelamiento domiciliario masivo, en éste ataque a todos los derechos que las que lucharon habían conseguido, queremos recordar también a las mártires de la crisis sanitaria actual, a aquellas personas que han sido abandonadas a su suerte en ésta crónica de una muerte anunciada: nuestras ancianas en las residencias, las personas dependientes, las sin papeles, las sin hogar, y, en general, todas las que, de una forma u otra, son más vulnerables en condiciones normales y que en las actuales condiciones están condenadas, como se está viendo. Las que han salido adelante, lo han hecho en su mayor parte por el apoyo de sus iguales, de las otras trabajadoras, pues quienes gestionan y se benefician del sistema, quienes acaparan poder y bienes en cantidades inimaginables, que podrían usar para ayudarlas, están más preocupados de sus bolsillos, no de las vidas que se pierden por su avaricia.

Hay una diferencia entre quienes murieron aquel primero de Mayo y quienes lo hacen ahora. Entonces fue el asesinato premeditado de los poderosos contra quienes se revelaban contra la injusticia del sistema y podían acabar con sus privilegios; ahora es el asesinato de los poderosos contra quienes les sobran, en un planeta cada vez más estrecho. En ambos casos, la finalidad es la misma: seguir estando por encima, exprimiendo a la mayoría que trabaja para seguir detentando el poder sobre las demás y acaparando los recursos que nos son tan necesarios.

Pero si entonces lo que se avecinaba y animaba a las trabajadoras a luchar era la visión de un futuro sin clases ni explotación, hoy, cuando los estados y los ricos ya se han destapado del todo, lo que nos va a servir de acicate para la lucha es la pura supervivencia, la necesidad de vivir, en un mundo que ya no va a ser el mismo nunca más.

APUNTES PARA ANTES DE QUE ACABE LA CRISIS SANITARIA

Y es que en algunos sitios se quita importancia a la epidemia de Covid-19 diciendo que se está exagerando, ya que, en términos generales, produce menos muertes que otras enfermedades comunes en nuestra parte del planeta, muchas menos de las que producen enfermedades de otras partes del mundo, como las tropicales, y muchísimas menos de las que producen los capitalistas en su ansia de rapiñarlo todo, como las causadas por el hambre y las guerras. Se pretende así, quitarle hierro al asunto.

Más allá de la reflexión inevitable de cómo se cuantifica y da valor a las vidas humanas -¿al peso?, ¿por “importancia”?, ¿por región del planeta?, ¿por nivel social?…-, estamos de acuerdo en casi todo, excepto en que pensamos que, a pesar de eso, hay que tomarse muy en serio ésta enfermedad.

En primer lugar, la enfermedad y el virus que la provoca siguen siendo un misterio por resolver. Cosas que se están descubriendo ahora, por ejemplo la cantidad de personas portadoras que no enferman (algo habitual en muchos patógenos, como en la gripe o la tuberculosis), pueden cambiar completamente nuestra percepción de muchos factores, como su capacidad de contagio y su capacidad de matar. Además las medidas que se están tomando no incluyen la generalización del test específico de detección de la enfermedad, y lo normal es que se valore en función de síntomas que coinciden con muchas otras enfermedades; la idea que nos estamos formando puede estar totalmente equivocada. Para ponerlo más fácil, mientras vamos interpretando lo que hace el virus, seguramente de forma errónea, éste va mutando, con lo que los pocos aciertos que hayamos conseguido pueden no servir para nada.

Por ahora sabemos que la enfermedad de Covid-19 concentra muchos casos en muy poco tiempo, con lo que los -avariciosamente- empobrecidos sistemas de protección social (sanitarios y de servicios sociales) se desbordan y producen las terribles situaciones que ya conocemos en residencias, centros de salud, etc. Sabemos que el Covid-19 se va a quedar con nosotras, como la gripe y otras infecciones comunes, y necesariamente volverá a haber brotes periódicos. También sabemos que incide y es más mortífera en los colectivos y las personas más frágiles, desprotegidas y abandonadas del sistema: ancianas, presas, sin papeles, enfermas crónicas, sin techo, trabajadoras sexuales, víctimas de trata, vendedoras callejeras, dependientes, con problemas de salud mental, racializadas, extigmatizadas, etc. Sabemos que a nivel mundial el daño es mucho mayor en los países y zonas que han sido colonizados y -avariciosamente- empobrecidos por los países “ricos”, y en las zonas donde estos están generando guerras, basadas siempre en intereses económicos y de dominio político.

Teniendo en cuenta lo anterior, el aislamiento domiciliario (para quien tiene casa), que es la medida estrella que están tomando la mayoría de gobiernos del mundo frente a la pandemia, no sirve para solucionarla, sólo aplaza el problema, empeorando la situación. En cuanto la gente vuelva a la vida rutinaria, el virus volverá a expandirse (como se está viendo en China) Por el camino, nos van dejando sin trabajo, sin libertad, sin relaciones sociales, sin familiares y amigas (que van muriendo), sin dinero ni recursos, van militarizando las calles, criminalizándonos,… La única manera de enfrentarse a la enfermedad y controlarla es aplicar universal y repetidamente la prueba específica de detección del virus, para saber dónde está y actuar en concreto en quienes están afectadas, asegurando sus derechos, cuidados y acompañamiento. Algo que han dicho “eminencias” en epidemiología de todo el planeta.

LO QUE SE AVECINA DESPUES NO NOS HACE SONREIR

Pero, sin quitar ni un ápice de importancia al sufrimiento generado por la gestión de la actual crisis sanitaria (también nosotras, en éste sindicato, estamos enfermando y perdiendo a seres queridos), en una visión de conjunto, lo más preocupante de la crisis sanitaria es que es la puerta de entrada para lo que se avecina. La previsible gestión por parte de políticos, ricos y poderosos, va a superar con mucho los padecimientos actuales para la mayoría, y muy especialmente para quienes ya viven al límite, aquí o en cualquier parte del planeta.

La recesión económica que va a seguir a las medidas contraproducentes que se están tomando, va a ser aprovechada para lo que siempre han servido las crisis: apretarnos el cinturón, ésta vez masivamente, a la altura del cuello y bien fuerte. Los empresarios ya están tomando posiciones y avisando al gobierno de que ellos no van a sufragar los gastos. Ya sabemos a quién acaban haciendo caso los gobiernos. Y quienes acabamos pagando con recortes y represión.

En un plazo corto (entre 10 y 50 años) el petróleo y los combustibles fósiles se habrán acabado. La extracción de crudo y gases va disminuyendo y es cada vez más cara. Literalmente, estamos consumiendo los últimos barriles. Los “sagrados” beneficios de los accionistas e inversores del sector, están en declive y condenados a desaparecer. Sin petróleo, no hay movilidad. Sin petróleo, la economía capitalista mundial, que depende de energía barata, se hunde, especialmente en los países con más industria. Eso lo saben gobiernos y empresarios desde hace mucho.

En un plazo corto o medio (entre 10 y 100 años para el mediterráneo) una enorme franja del planeta entre los polos se habrá ido convirtiendo en un desierto. La población en riesgo de muerte por hambre, falta de agua y recursos básicos se va a contar por miles de millones. Nos podemos imaginar que no serán los privilegiados, que acumulan todo, los que se vean más afectados, sino las que vivimos al día, las trabajadoras. Eso provocará migraciones masivas, disturbios, enfrentamientos sociales y guerras en aumento, causados por la necesidad de sobrevivir de la mayoría de la población mundial y la inercia de la acumulación y el privilegio de la minoría rica.

LAS MEDIDAS CONTRA EL COVID-19 EN REALIDAD SON PARA OTRA COSA

Valorando todo en conjunto, es fácil apreciar que, si bien las medidas que se están tomando no sirven para frenar la enfermedad, sí están sirviendo para alisar el terreno a las siguientes “crisis” mundiales. Son los preparativos: el equivalente a las maniobras militares para las guerras.

Pensando en la crisis económica posterior a la sanitaria y en la crisis energética provocada por el capitalismo las medidas actuales sirven, con la excusa de la enfermedad, para ir acostumbrándonos a la falta de movilidad y al encierro voluntarios, sirven para reestructurar la economía (sin tocar el fondo de la misma, que es el reparto desigual) dejando en paro a gran parte de la población trabajadora activa, para quitarse de en medio a los pequeños empresarios e inversores que hacen competencia a los grandes, para meternos el miedo en el cuerpo asegurándose así nuestra sumisión y obediencia, etc.

Si le añadimos la crisis climática y ecológica generadas para satisfacer la avaricia de unos pocos, las medidas actuales sirven para hacer “eugenesia” filonazi (genocidio de la población “débil”, “diferente”, dependiente e “imperfecta” -usando el lenguaje fascista-, como ancianas, excluidas, personas con enfermedades crónicas), sirven para ensayar los métodos de criminalización y control de población masivos que usarán después, sirven para militarizar aún más las calles, para enfrentarnos entre nosotras y hacer que perdamos la capacidad de unirnos, haciéndonos desconfiar unas de otras (todas somos contagiosas), etc.

Todo ello, sin que ninguno de los responsables y beneficiarios de las crisis sanitaria, económica, energética y ecológica asuman el coste de sus decisiones y privilegios, creando un falso “enemigo” -el virus- y desviando la atención del verdadero enemigo: el capitalismo. Ahora pueden hacer todo lo que quieran sin justificarse: “La catástrofe no la hemos creado nosotros por mantener nuestros intereses y privilegios, es que hay un bicho muy malo que quiere haceros daño del que os tenemos que proteger”, parecen decirnos, riéndose en nuestra cara.

No es necesario irse a las teorías de la conspiración para explicar lo que está pasando y prever lo que va a pasar. Estas situaciones y cambios se producen por la inercia misma del sistema en que vivimos y de quienes dependemos de él; un sistema basado en la avaricia, la imposición, la jerarquía y la desigualdad.

Los que mandan en los países industriales, aprovechan el miedo globalizado y el “río revuelto” para tratar de sacar ventaja de sus competidores en otros países e imponer políticas que les favorezcan en la geopolítica mundial; los políticos de cada estado, cagados ante lo que se les viene encima, se arropan con, y apoyan a, los que les son imprescindibles para mantener su posición en el poder (quienes les financian: banqueros y grandes empresarios); los fascistas y nazis de todos los tipos, aprovechan para infiltrarse e imponerse, ahora que la calle está tomada por sus iguales (militares, policías y guardias privados, con quienes comparten la misma filosofía castrense y mutua simpatía); los inversores y accionistas aprovechan para especular con las necesidades masivas, creando carencias a la población que luego reconvierten en beneficios; las clases medias de los países industriales, acostumbradas a vivir “desahogadamente” a costa de las trabajadoras de otros países y ahora en pánico por la pandemia, para mantener su estatus piden “mano dura”, “medidas contundentes”, denuncian a sus vecinas y miran para otro lado ante la desgracia ajena; los empresarios, sabedores de su posición de poder, aprovechan para exagerar sus “pérdidas” -léase, menos beneficios- y presionar a las trabajadoras para que acepten trabajar por un plato de sopa y en condiciones de miseria; los sindicalistos de arriba, que llevan viviendo del cuento toda su existencia, firman lo que sea con tal de mantenerse entre los “elegidos”; los sindicatontos de abajo, obedecen las directivas interesadas de los de arriba, ya que “todos vamos en el mismo barco”;… y así, un sin fin de pequeñas y grandes acciones que se van sumando y acaban en lo que las trabajadoras de todo el mundo bien conocemos: “nosotras ponemos las muertas y ellos se llevan los beneficios”. Ahora más que nunca el dicho es válido, cuando a nivel mundial las muertes por coronavirus y la crisis económica inmediata se contarán por cientos de miles, quizás millones, y las muertes por la crisis energética y por el calentamiento global quizás por miles de millones.

Eso enumerando sólo las bajas de nuestra especie. Si miramos el desastre provocado a nivel de vida planetaria no hay páginas suficientes para contar la tragedia.

EL APOYO MUTUO VA A SER IMPRESCINDIBLE, PERO NO VA A SER SUFICIENTE

No hay recetas para enfrentarnos a lo que se avecina, pero quedarse en casa sin hacer nada (o limitarse a aplaudir, que para el caso es lo mismo) es, a la vista de los hechos, un suicidio colectivo.

Las numerosas medidas de solidaridad entre iguales, de reciprocidad y apoyo mutuo colectivo, abren un camino sin el que se hace imposible salir adelante con lo que ya tenemos y con lo que se nos viene encima, pero ahora es más necesario que nunca que nos unamos las personas trabajadoras, que recuperemos nuestra identidad de clase, de clase obrera productora, frente a la clase capitalista parásita, para unir fuerzas y enfrentarnos a la cascada de crisis actuales e inminentes provocadas por éste sistema. Las trabajadoras, la clase obrera, somos el único colectivo que históricamente ha puesto contra las cuerdas al capitalismo patriarcal, militarista y antiecológico que se ha extendido por todo el planeta. Hay que volver a recuperar la fuerza perdida en éstos años de neoliberalismo. Nos va en ello nuestra vida y la de toda la biosfera. Es nuestra responsabilidad.

En lo inmediato nos corresponde exigir y luchar por que se apliquen medidas eficaces y protectoras para quienes más lo necesitan; que paguen las consecuencias de las crisis (sanitaria, económica, energética y ecológica) quienes se han beneficiado de su creación y se siguen beneficiando de sus consecuencias.

En general, parece lo más razonable seguir empleando las fórmulas que, en el contexto hoy más real que nunca de la lucha de clases (es decir, lucha entre los intereses de las que somos mayoría y los intereses de esos pocos codiciosos), han sido útiles siempre: oponer, a la fuerza de los privilegiados y sus grupos armados, la fuerza de la clase desposeída unida (ellos tienen mayor capacidad de matar, pero nosotras somos muchas más); a las imposiciones y leyes interesadas de los políticos y jueces, la desobediencia; a la dependencia de éste sistema que nos condena en masa, la creación de alternativas autogestionadas; a la individualización, la desigualdad y el aislamiento, opongamos el apoyo mutuo, la horizontalidad, el internacionalismo, el federalismo… Es de sentido común, tampoco dejarse llevar por los cantos de sirena de métodos que han demostrado sólo ser eficaces para reproducir el sistema, no para acabar con él, como todos los basados en la delegación, la jerarquía y la autoridad.

En resumen, contra el capitalismo y sus crisis, el único remedio sensato y viable es la Anarquía. Como camino, para enfrentarse ahora al sistema actual, y como finalidad, para reconvertir y reconstruir lo que quede cuando caiga. Lo demás son callejones sin salida.

Para empezar por lo más inmediato, exijamos que se aplique el test específico de detección del Covid-19 a toda la población, en todas partes.